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La Bellvitja, manjar medieval en el Raval.


El Raval es un barrio de Barcelona donde el movimiento es vida y la vida frenética. Avanzo hacia el número 38 de la Calle Hospital, ligeramente aturdida por los estímulos contradictorios que golpean y acarician a la par mis sentidos. Los lugares de siempre, viejas instituciones en mi vida, el Teatro Romea, la Escuela de Arte y Diseño Massana, el mismo trazado de la vía, algún bar de siempre… se confunden con la explosión cultural de gentes venidas de todas partes, carnicerías, teterías, tiendas de moda, olores, colores, peinados, vestidos… Camino segura de no saber por donde voy aún creyendo saber donde estoy.

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De otra parte, con su fama de peligroso, el Raval tiene para mí un significado especial. Y es que mi padre, viajero como la cocina de La Bellvitja, recién llegado de la dureza y el frío de las montañas del Pirineo, escapando de las dificultades del pasado y buscando una vida mejor, se instaló en la Calle Robadors…

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Pero hoy he quedado con mi amiga Montse para celebrar mi aniversario. Nos encontramos en el Restaurante La Bellvitja, en el corazón del barrio.

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Tengo debilidad por las luces, lo confieso. Es muchas veces el reclamo que me acerca a oler un local. Las luces del interior de La Bellvitja son grandes, redondas, cálidas, del blanco al teja pasando por todos los ocres y naranjas, en guirnaldas, en puntos, en lineas y en un gran racimo sobre la barra de la entrada.

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Llamé para reservar, pero sobre todo porque quería una mesa al lado del ventanal que da a la Plaza de Sant Agustí. Llego primera y me siento con el grueso muro del convento que fue el restaurante detrás. Otra confesión, prefiero tener siempre mi espalda protegida, me decía una amiga que es el llamado en Japón Síndrome del Samurái.

Alegres de reencontrarnos, como  siempre, nos abrazamos, y sabiendo que cuando empecemos a hablar nos olvidaremos de todo, leemos con hambre la carta que hará de mantel y tenemos justo enfrente. Todo tiene tan buena pinta! No nos decidimos a la primera, así que empezamos con un vermut artesano y unos boquerones marinados Nardín y así ganamos tiempo, aunque no tenemos prisa.

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Nos lo ponen fácil, todos los platos de La Bellvitja están pensados para compartir, que es nuestro modo de comer juntas, para satisfacer mejor nuestro deseo de diversidad.

Nos decidimos por la alcachofa del Llobregat confitada con huevos de Calaf. Otra versión suculenta de servir unos huevos estrellados.

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En la falda, la tiernísima alcachofa. En medio dos huevos con la yema justo en el punto de mojar pan o de “remenarlos” para que todo se mezcle. Montse lo hace, yo no… me puede la idea de untar un poco de pan en esa crema divina. La cobertura, unas finísimas patatas fritas a las que no les sobra ni gota de aceite.

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Seguimos con una cazuela de setas del bosque, ajos tiernos y huevo cocido a baja temperatura…

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Nos miramos y sabemos que sentimos sino lo mismo, algo muy similar que nos acerca, así es como obra la magia de la buena cocina, aproximando las almas a través de sus estómagos.

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Esta vez rompemos el huevo para que la yema bañe el guiso. Si comer ostras es comerse el mar a bocados, comer setas es comerse la tierra misma, nos hacemos presencia telúrica en un edificio, que por su historia ya lo es y completa la experiencia.

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El pan que nos acompaña es de Coca de Mossen Cinto con tomate, originalmente servido para que cada una se lo componga a su gusto, ajo, escamas de sal y un buen aceite en una singular bandeja.

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Uno más para compartir: calamarcitos salteados con hinojo y butifarra negra. Intenso y equilibrado sobre una base cremosa de setas. Quiero hablar con el cocinero para saber como pueden estar tan tiernos y a la vez firmes los calamarcitos, aunque seguro que la compra diaria del producto fresco y de proximidad en el cercano Mercado de La Boquería tiene mucho que ver.

Son tan espectaculares que recuerdo hacer la foto cuando nos queda el último de cinco!, que cortamos longitudinalmente para compartir manteniendo la armonía del plato y de las comensales.

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Otra confesión, no soy muy de postres pero en ocasiones así no me resisto. Compartimos un Hypocras, receta medieval con crema de mascarpone con naranja, bizcocho crujiente de especias y sorbete de vino y frambuesas, fresco, contrastado, original y sorprendente. Un final feliz.

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Añadir que el servicio fue más que atento, simpático, un regalo añadido. Que detrás de tan buen resultado no puede haber más que un equipo de cocina trabajando en presencia y empatía, cuidando la calidad del producto, el proceso y la presentación del mismo. Que un día también vendremos a hacer solo el vermut, aunque sabemos que no podremos resistirnos a alargar a otros tres o cuatro platos para compartir. Que volveremos porque nos quedaron ganas de probar, entre otras cosas, el arroz de gamba roja y moluscos que pidieron dos ingleses en la mesa contigua, pero sobre todo porque nos sentimos maravilladas y en casa.

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Mis felicitaciones al equipo de La Bellvitja.

Restaurante La Bellvitja, en la Calle Hospital 38, en El Raval de Barcelona.

LA BELLVITJA, manjar medieval en el Raval

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9 thoughts on “LA BELLVITJA, manjar medieval en el Raval

  1. Hola Cristina

    Gracias por enseñarme este restaurante, 30 años viviendo en el Raval y no lo he probado. Prometo hacerlo pronto.

      1. Objetivo es un sueño con fecha……… deseo no tardar en
        ir a este restaurante… Uffff!!! el tiempo vuela.

  2. Jo mentre escrius ja sento l’olor i el gust de les menges…
    Soc una enamorada de la teva manera d’escriure…
    Quan escriguis un ĺlibre, el compraré.
    Gràcies per aquest raconet, hi anirem.

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